Periodismo, interculturalidad y pluralismo lingüístico

23th November 2014 / By Vilma Tapia Anaya. La Razón (Edición Impresa) 

Hay necesidad de lograr un pluralismo lingüístico en los medios de comunica- ción. Incorporar paulatina y progresivamente las lenguas y los idiomas originarios en dichos medios. La interculturalidad es un diálogo entre culturas diferentes.

El Instituto Internacional para la Democracia y Asistencia Electoral (IDEA Internacional), la Fundación para el Periodismo y la Fundación Friedrich Ebert (FES) acaban de publicar Pido la palabra. Un periodismo cultural para una práctica intercultural, libro que reúne once crónicas de gran valía, resultado de un proceso inventado por nuestra recordada Cecilia Quiroga San Martín. Empezó con un taller en el que se analizaron los conceptos de interculturalidad y descolonización, para que después los participantes pudieran internarse en la investigación responsable.

La introducción al libro la hace el comunicólogo colombiano Omar Rincón, director del Centro de Competencia de Comunicación de la Fundación Friedrich Ebert, quien también animó una de las etapas del mencionado taller.  Algo sumamente interesante logrado con este libro es que él mismo es un objeto intercultural. Contiene diversas voces, provenientes de distintas culturas que, además, hablan de hechos sobresalientes de la vida sociocultural de las distintas naciones que conforman el Estado boliviano. La comunicadora aymara Nancy Quispe Charca, originaria de Corpa, escribió una crónica que nos recuerda la condición sagrada de la hoja de coca. Con honestidad y lucidez contrapone el respetuoso trato que desde siempre le han dado yatiris y amautas al uso equivocado que hacen de esta planta quienes no entienden nada de su poder. Quispe Charca nos advierte: “En esta época,  en la que finalmente Bolivia ha asumido el desafío de construir su propio paradigma, el ‘vivir bien’, el sumax qamaña, para todos y todas, resulta más que nunca necesaria una reflexión sobre la tergiversación que sufren los valores propios, preexistentes, heredados por nuestras culturas ancestrales”.

Es evidente que la ley deviene de la historia. La dinámica histórica da como resultado el establecimiento de las constituciones, de los acuerdos, de las instituciones, de los códigos. Desde que es país, Bolivia ha sido un territorio pluricultural. Ésa ha sido y es una realidad. Lo importante del proceso sociopolítico actual es que esa realidad se ha llevado a la ley, es decir, a la palabra con que acordamos convivir de un modo determinado: somos un país multicultural, qué bueno, de hoy en adelante consideraremos de manera absoluta e incondicional la presencia de todas las culturas, con todos sus derechos. ¿Y qué significa esto para la vida cotidiana de un país? Cambios prácticos en los sistemas fundamentales de la organización de una sociedad. ¿Educación monolingüe? ¡No! El castellano es la lengua que históricamente ha sido de uso más extendido, común, que lo siga siendo, pero en regiones aymaras, el currículo debe ser pensado desde el aymara; en regiones guaraníes, desde el guaraní; y así de acuerdo a las características de cada lugar. Trasladar ciertos acuerdos convivenciales a la ley es, como dice Quispe Charca, asumir el desafío de construir un paradigma renovado, que se corresponda con los valores culturales “propios y preexistentes” a la ley, llamémosla aquí Constitución Política del Estado Plurinacional de Bolivia.

¿Capitalismo extractivista y desarrollista? ¡No! Nunca se vio en las culturas ancestrales algo parecido… Al respecto, la periodista chuquisaqueña Carmen Miranda Castillo denuncia una vez más, de manera comprometida, el grave fenómeno de la contaminación de las aguas del río Pilcomayo: “toneladas de minerales (se) depositan diariamente en las aguas de las minas de Potosí, lugar en el que nace el cauce de este río”, afirma al dar voz a los weenhayek, pueblo indígena originario boliviano que habita en la margen derecha del Pilcomayo y, por consiguiente, tiene como fuente de la vida económica y cultural, al río. Miranda Castillo concluye afirmando que el weenhayek es “un pueblo que a pesar de ser diferente es parte de este país y tiene los mismos derechos de ser escuchado y atendido”. En igual sentido se desarrolla la reflexión de Jonatan Condori, su crónica es una mirada testimonial sobre lo sucedido en Bolivia, el 6 de junio de 2012: “yuracarés, tsimanes y moxeños, respaldados por representantes de otros pueblos indígenas del oriente boliviano y algunos originarios de las tierras altas… se aproximaban a Caranavi para hospedarse, pero fueron bloqueados por los colonizadores…”. Otra vez, ¿imposición de una cultura sobre las otras? ¡No! Cuando es necesario tomar resoluciones que pueden afectar los intereses específicos de unos y otros, la única posibilidad es el diálogo. Los seres humanos que somos no tenemos otra forma de hacer sociedad, de cohabitar un territorio común.

Sumamente importantes son las demás crónicas, nos traen buenas noticias sobre hechos reales, actuales, experiencias humanas que realizan el profundo sentido de la interculturalidad: Nuria Paz Piqué narra la experiencia de una joven que se convierte en una de las “cholitas cachascanistas” y así puede mantener a sus tres hijos. Verónica Cayoja Mita, en una narración que principia en el asombro, que provoca en ella un concierto, nos informa sobre la trayectoria y las particularidades de la Orquesta Experimental de Instrumentos Nativos (OEIN), dirigida por el maestro Cergio Prudencio. Susana Gutiérrez, a través del seguimiento de dos casos de la vida real, nos lleva a reflexionar sobre el peso que pueden tener los apellidos en sociedades clasistas con resabios racistas. Ana María Tineo Fernández cuenta la historia de una amistad y la profunda solidaridad ocurrida entre dos mujeres pertenecientes a dos culturas diferentes y a dos clases sociales antagónicas. Edwin Flores Aráoz hace pública la voz de un personaje que bien podría ser un ícono, hijo de campesinos de la provincia Aroma del departamento de La Paz, en su oficio de peluquero fue testigo de varios episodios de la historia política del país. Marcelina Cárdenas, periodista y cineasta quechua, escribe una hermosa crónica en la que personajes de culturas campesinas diferentes mirándose pueden dar lugar a un verdadero encuentro, además, el amor ilumina la historia. En la misma línea, Jackeline Rojas Heredia, periodista cochabambina, efectuó una investigación sobre el Niño de Siquimira, una diminuta representación de un Niño Dios negro que, resguardado en la iglesia de Cuchumuela, Punata, realiza milagros y hace travesuras de las que dan fe los pobladores del lugar.

“¡Pido la palabra! Aruskipañañi”, es el título de la investigación hecha por Franz G. Laime Pérez, aymarista, experto en interculturalidad y bilingüismo. Se trata de una revisión histórica que da lugar a una propuesta urgente: la necesidad de lograr un pluralismo lingüístico en los medios de comunicación. Laime Pérez sugiere: “Incorporar paulatina y progresivamente las lenguas y los idiomas de los pueblos y naciones en los medios de comunicación… en función de las características lingüísticas de cada región y pueblo”. La interculturalidad es un diálogo entre culturas diferentes, 36 lenguas son habladas y vividas en las naciones y pueblos indígena originario campesinos; asumir un nuevo paradigma comprendería, entre otras medidas transformadoras, poner al servicio de esas lenguas las tecnologías de comunicación usadas en el país. Y empezar a traducir. Porque los monólogos no nos han ayudado. Son tiempos para instaurar el diálogo, necesitamos lograr que las voces de las múltiples lenguas resuenen, y que unos y otros podamos comprenderlas.

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